Llegué a Cancún hace 16 años, cuando yo tenía apenas 25 de edad y algunas referencias del lugar. Sabía que a las gaviotas le gustan los nachos con queso, y que se ponen agresivas si no les compartes tu botana, porque eso recordaba de un viaje escolar en 1998 que me trajo por primera vez a Cancún, en un recorrido interminable desde CDMX.

Las otras referencias eran académicas, y la verdad, no eran las mejores. Mi educación superior fue de esas críticas con los modelos tradicionales de desarrollo, pero no del todo fundamentadas. Cuando hice mi servicio social en FONATUR me tocó analizar los indicadores socioeconómicos de los Centros Integralmente Planeados y observar realidades que poca gente veía en Cancún, y mis primeros años de trabajo con grandes maestros que siguen siendo hoy amigos entrañables, terminaron de forjar en mí una visión integral del desarrollo turístico y, por supuesto, del destino ícono de ese desarrollo en México: Cancún.

En ese entonces, inicios de los 2000, aparecía ya como referencia en algunos estudios y documentos de agencias internacionales de medio ambiente como un caso de no éxito en ese concepto acuñado en 1992 que apenas tomaba forma a nivel global: el desarrollo sustentable.

Con toda esa carga llegué al que hoy es mi hogar, buscando los ejemplos de aquellas referencias de la “mala planeación” del destino, cosa que descubriría años después, es mentira.  

Tres cosas me sorprendieron de Cancún: La primera, su belleza, sus colores, su verde, sus tonos de azul, la posibilidad de tener a la naturaleza tan cerca y tan a la mano (para un recién llegado que había sido citadino sus pasados 25 años a veces demasiado cerca), la oportunidad de ver especies con las que nunca me había topado, de ir descubriendo maravillas como la Selva Maya, el Arrecife Mesoamericano, las Áreas Protegidas, las comunidades de alrededor y su sabiduría. Y estoy seguro de que eso es lo que hace que millones de turistas vengan a este sitio, y siga siendo el preferido del turismo internacional “a pesar” de muchas cosas.

La segunda, la velocidad del cambio. Viviendo en la ciudad, o incluso en zona más rurales, es difícil ver la dinámica de crecimiento de un sitio tan rápido como aquí; recuerdo salir cada tercer día y ver una nueva estructura, ver lotes ya “limpios”, encontrarse con plazas nuevas, incluso ver fauna atropellada, lastimada, huyendo. Tal vez para muchos es algo común, pero a mí me sigue impactando incluso hoy.

Y tres, la pobreza. Viviendo en una zona céntrica de Cancún probablemente está situación no está tan a  la vista, pero mi trabajo en La Salle con mi gran mentora y de quien he aprendido mucho de lo que sé, Marisol Vanegas, me llevó a conocer una realidad que me hizo cuestionarme por qué un destino que ha mantenido en momentos de crisis a toda la economía nacional, no lograba permear hacia abajo a beneficiar a quienes son la base del desarrollo y también a quienes más lo necesitan; si bien es cierto, los indicadores sociales y de marginación de Cancún son menores a los de muchos municipios del país, la brecha de prosperidad en el destino es enorme.

Mi interés en encontrar estos por qué, aunado a mi preconcepción de Cancún como un destino turístico muy poco integral me llevaron a buscar e ir encontrando algunas respuestas en el camino que me hicieron ver a Cancún con ojos diferentes, y (si es que puede expresarse así) a “perdonarlo” por sus errores cometidos.

En 2005 cuando iniciaba mi maestría, cayó en mis manos un libro revelador: “Cancún, un desarrollo turístico en la Costa Turquesa” con este nombre el Banco de México publica en 1982 los lineamientos y la prospectiva de la planeación del destino. Si bien Cancún había nacido a finales de los 60’s con la creación de INFRATUR y los Centros Integralmente Planeados, este documento planteaba el presente y futuro del destino.

Ver a Cancún con otros ojos

Al revisarlo, tuve algunas sorpresas interesantes. Primero, cuando Cancún se planeó y se construyó (a inicios de los 70’s, y por ello ahora en 2020 celebra sus 50 años) fue realmente innovador en términos de cuidado al medio ambiente. Recordemos que, en aquella época, aún no se hablaba de sustentabilidad; de hecho, la primera conferencia internacional oficial de Naciones Unidas en la que se habla del impacto del hombre en su medio es hasta 1972, en Estocolmo Suecia. Cuando a nivel internacional se acuña el término Desarrollo Sostenible en el Informe Brundtland en 1987, Cancún ya tenía 10,000 cuartos de hotel y recibía un millón de visitantes.

Este Plan de Cancún planteaba ya algunas ideas muy innovadoras para su época: las plantas de tratamiento de aguas residuales, la gestión de los residuos, el rescate de especies, la arquitectura de los hoteles planeada para permitir las ventanas al mar, la afinidad de valores ambientales con usos de suelo, la delimitación de densidades y la definición de áreas de conservación. No sé si ustedes sepan, pero este Plan determina que del total de 12,700 hectáreas del proyecto (tierra y agua) el área destinada para la conservación fue de 53.2%.

Zona hotelera de Cancún (Foto: Andrés Medina)

Pero lo más interesante del Plan es la prospectiva: dicho Plan estimaba que para el año 2000, Cancún tendría 22,325 cuartos de hotel, recibiría 2,250,000 turistas, habría generado 64,600 empleos directos e indirectos y tendría una población de 200,000 habitantes. Todo estaba planeado, considerado, medido, analizado, ¿Qué sucedió para que en el año 2000 se hubiera duplicado lo planeado en cuanto al número de habitantes, se tuvieran ya más de 26,000 cuartos de hotel y 3 millones de turistas?

Razones hay muchas, algunas endógenas del mismo desarrollo y decisiones a nivel destino (fomento a la inversión, cambio de usos de suelo en la planeación original, disminución de costos después de desastres naturales y sí, actos de corrupción de algunos actores en el ámbito público y privado), pero también muchas exógenas.

Cancún ha sido, desde mi punto de vista, “sacrificado” en aras del bienestar del país a nivel macro y de otras regiones de nuestro México.

¿Se imaginan lo que sucedería en Chiapas, Tabasco, Veracruz o la misma Península de Yucatán si no hubiera un polo de atracción que genera empleo para muchas comunidades? ¿Se imaginan qué hubiera sido de México y su balanza comercial si Cancún no hubiera estado ahí para estabilizarla durante las crisis económicas y petroleras? ¿Se imaginan lo que hubiera pasado sin la inversión extranjera directa que ha generado este pedacito de nuestro país? Y ojo, esto no es una justificación del mal actuar, simplemente es una reflexión que muchas veces olvidamos al juzgar la historia de Cancún.

Creo que hay mucho que aprender de Cancún. Ha sido y seguirá siendo un laboratorio de cosas dignas de replicar y de otras que no hay que hacer. Por eso, aún después de 50 años, países de Latinoamérica y otras latitudes más lejanas siguen acercándose a ver el modelo y piensan en aprender de él y replicarlo.

¿Qué replicar y que no?

Cancún es la representación de un modelo de turismo importado de Europa con condiciones muy particulares y con las realidades de un país de los que se llamaban “en vías de desarrollo”; por ello, comprenderlo, analizarlo, estudiarlo y entenderlo es clave para otros que han querido o quien ser como Cancún, donde no todo es bueno, pero tampoco todo es malo.

Aunque este análisis pudiera hacerse muy extenso, considero que podríamos aprender de 4 cosas buenas y 4 cosas malas del destino.

Debemos replicar y aprender de los instrumentos de planeación de Cancún y los derivados de su crecimiento: vuelvo a destacar que el Plan Maestro es una joya, muy innovador y visionario. Los instrumentos de ordenamiento del territorio donde Cancún ha sido pionero (como el del Sistema Lagunas Nichupté y del Corredor Cancún – Tulum), los planes de manejo y de cambio climático de las Áreas Naturales Protegidas, entre otros.

Debemos replicar el tesón de los pioneros que tanto quieren (queremos) esta ciudad: aquellos que llegaron con poco y que han dado su vida y esfuerzo para construir una sociedad en una de las zonas más complicadas del país, donde hasta hace no mucho enviaban a los presos a morirse dadas sus condiciones inhóspitas.

Debemos replicar las estrategias de resiliencia de negocio: algunas mejores que otras, pero el destino se ha mantenido en las preferencias de los mercados; la capacidad de innovar, de generar nuevos productos, de identificar aquellas oportunidades que hacen que la marca sea de las más valiosas del mundo.

Debemos replicar la capacidad de la sociedad civil de organizarse y de tomar el control de algunas de las decisiones en la ciudad, y de exigir respeto a los instrumentos normativos y de crecimiento. Pero también replicar la solidaridad social, que ha llevado a Cancún a superar crisis derivadas de fenómenos meteorológicos, o de pandemias, como la que vivimos ahora.

Lo que no debemos replicar, y parte de lo que tenemos que aprender de Cancún y sus errores es:

No debe suceder más la incapacidad de poner un alto, y de continuar la saturación de la zona hotelera y otros sitios turísticos aledaños; el poco respeto (e incluso la falta de medición y consenso) a las capacidades de carga de los ecosistemas y de los servicios públicos. No podemos seguir pensando que más es sinónimo de mejor.

No debemos propiciar la dependencia a un tipo de modelo y a un mercado; nos hemos dado cuenta de que el modelo de integración de servicios (All Inclusive, tour operadores) deja poca derrama local, y genera una presión muy fuerte a las empresas locales por disminuir costos, lo que va en detrimento de la salud y bienestar de la gente y los ecosistemas. Y la razón es que, ¿quién va a invertir en conservación o generar estrategias para un trabajo dingo cuando tiene que dar entre 40% y 60% de comisión a un tercero, para que le traiga turistas? Hay que diversificar, en todos los sentidos.

No hay forma de aceptar el incumplimiento a planes y programas: la gobernanza y la presión social son cada vez más importantes para evitar que algunos hagan “negocio” con los cambios de uso de suelo, proponiendo y permitiendo densidades superiores con tal de “ganarse una lana” o simplemente transgrediendo flagrantemente las leyes.

Debe ser prioritario no dejar a las personas atrás. Pensar que es más importante el revenue que el bienestar de quienes hemos levantado el destino, considerar que vale más tener plazas comerciales que espacios públicos de esparcimiento, o publicar cifras alegres sobre el número de empleos cuando en muchas ocasiones las condiciones de estos no son nada dignas.

¿Qué esperar en los siguientes 50 años?

Hoy Cancún cumple su 50 aniversario en medio de la peor crisis en su historia. Con ocupaciones abajo del 5% en los sitios turísticos, con una restricción a moverse dentro de la ciudad, y con una economía que sigue y sigue en desplome.

Si fuera una persona, Cancún sería una persona joven que ha tenido sus excesos, y que ha maltratado su cuerpo y su ser, y que de repente se encuentra postrado en cama sin poder moverse, sin poder salir, sin generar, sin trabajar. ¿Cuál debiera ser la reacción de esa persona?

Generalmente hay dos escenarios: o se recupera con más intensidad y sigue con sus excesos, y se muere en los siguientes 5 o 10 años, o cambia radicalmente su vida para encontrar un equilibrio más sano y lograr vivir tal vez muchos más años, siendo más sabio por lo aprendido y priorizando el bienestar para no volver atrás.

En esa disyuntiva está nuestra ciudad y estamos nosotros, porque la ciudad no es un espacio físico con límites geopolíticos, es el conjunto de decisiones y de momentos que sus propios habitantes conforman, y tristemente, a veces eso se nos olvida como sociedad.

Esta crisis debe ser tiempo de oportunidades, de madurar, de replantearnos hacia dónde, de tomar decisiones de esas que sabemos que van a doler pero que entendemos que son por nuestro bien. En especial pensando en lo que se viene a futuro, un futuro incierto, un futuro marcado por un planeta cambiante, y en el cuál la resiliencia es clave.

Se imaginan a Cancún en 50 años. Saben que ustedes quienes lo visitan, ustedes quienes lo estudian y analizan, ustedes que lo promueven nacional e internacionalmente, ustedes que lo gobiernan, nosotros, quienes vivimos aquí y estamos enamorados de este lugar, somos corresponsables de su (y nuestro) futuro.

Tomemos la responsabilidad que nos toca, trabajemos por dar un giro a este destino y que, en los próximos años, Cancún sea un ejemplo de resiliencia, de diversificación, de adaptación al cambio climático, de prosperidad para sus habitantes, de bienestar común.

Está en nosotros.