“Las personas viven como en Alicia en el País de las Maravillas cuando no tienen información”, nos dice el Dr. José Sarukhán, pilar de la conservación en México y coordinador de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO). El ganador del premio Tyler (equivalente al premio Nobel del medio ambiente) nos recibe en su oficina para platicar sobre naturaleza, cambio climático, turismo y consumo; temas que deberían llegar a todos los que viven en este país de maravillas naturales.
Entrevista realizada por Rosi Amerena @rosi_amerena para Sustentur
¿Usted cree que el turismo puede ayudar a crear un futuro sustentable?
Como toda actividad económica, depende de cómo se maneja. Si el turismo está hecho para proteger los ecosistemas en lugar de ser depredador puede ser un gran impulsor. La actividad turística al mismo tiempo puede ser conservadora de los ecosistemas e impulsora del bienestar económico de las personas que son dueñas del capital natural, como las comunidades rurales, indígenas, ejidos y tierras comunales.
Según las estadísticas del MCC (Mercator Research Institute on Global Commons and Climate Change) tenemos 23 años para que la temperatura de la tierra se eleve 2° C. ¿Qué estamos haciendo a nivel mundial para protegernos?
No es sencillo hacer predicciones. Yo no sé si la persona que hizo esos estudios es uno de los expertos del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) o experto en estudios de cambio climático. Los modelos que se sacaron hace años y que se han usado como predicciones han demostrado ser subvaluaciones de lo que en realidad está pasando. Es decir, el escenario que predecían se ha sobrepasado en lo malo, desafortunadamente.
¿Por qué no fueron correctas las predicciones?
Porque no había tan buenas herramientas como ahora. Siempre habrá incertidumbre porque el cambio climático es un problema muy complejo pero cada vez las predicciones serán más precisas. Todos los modelos se calcularon a la baja, los cambios y los daños que se han dado han sido peores, tenemos resultados diferentes de lo que se predecía hace 10 años. Pero lo importante no es juzgar la precisión de estos modelos, el asunto es si estamos haciendo algo equiparable al tamaño del problema que tenemos. Y yo diría que la respuesta es no, fundamentalmente no. Quizás algunas cosas, pero a escala mundial ningún país está haciendo lo que debería.

Dr. José Sarukhán, coordinador de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad. Biólogo e investigador


¿Que tendríamos que hacer, de qué tamaño es el problema?
Tenemos que tratar de llegar a un punto en el que las cosas no se empeoren, ya no digamos que se repongan, porque ni siquiera sabemos cuánto tiempo se queda el CO2 en la estratósfera una vez que llega allá arriba. Apenas tenemos menos de dos siglos de producir emisiones. El hecho es que se han mantenido ahí arriba todo el tiempo y no sabemos cuántos años de residencia tienen: ¿151, 300, 700 años? No ha habido el tiempo de saber cuál es la durabilidad o residencia, por decirlo de algún modo, de estos contaminantes que generan el fenómeno del calentamiento de la atmósfera. Lo que sí sabemos es que estamos emitiendo y acumulando 3,700 millones de toneladas nada más de CO2 cada año. Un poco más, un poco menos, da igual el número, pero el tamaño del problema es de tal magnitud que la respuesta es que no estamos haciendo lo que deberíamos.
¿Cuáles son algunos de los mayores retos que enfrenta México en relación a la biodiversidad y cambio climático?
“Hay dos grandes razones muy ligadas. La primera es que los intereses económicos de una industria que tiene que ver con la explotación, uso y la transformación de los combustibles fósiles hace todo lo posible para que las cosas no cambien. Por un lado está la industria del petróleo pero también la agroindustria y la industria cementera, la cual es la segunda más contaminante desde el punto de vista del cambio climático. Producir cemento genera enormes cantidades de CO2. Están tratando de hacer muchas cosas para reducirlo, existen cambios, pero nada del tamaño que se requiere. Lo mismo sucede con el uso de la tecnología de transporte más adecuado, el desarrollo de fuentes energéticas renovables y sustentables que no han cambiado mucho por los grandes intereses del uso de combustibles fósiles.
La influencia que tienen los gigantescos intereses económicos en la sociedad y en los medios de comunicación es la segunda causa que hace que no tengamos cambios profundos. Estos intereses hacen que la sociedad y que los medios, que serían los vehículos por los cuales la gente se entera del tamaño de las broncas, no funcionen bien. No solamente hacen que sean pasivos sino que conducen a información tergiversada, chueca, que trata de desprestigiar la ciencia que informa que estamos en un problema muy serio. Si la gente no entiende de qué tamaño es el problema, ¿por qué va a cambiar?»
¿Y que retos enfrentan los Estados Unidos en este sentido?
“Podemos ver como el Presidente de los Estados Unidos ahora quiere revivir toda la industria del carbón en su país. Y esto no es solamente idiota, desde el punto de vista ambiental, desde el punto de vista económico es totalmente ruinoso. Pero a cambio de su voto se comprometió con los mineros en Virginia y otros estados para generarles un montón de empleos, mismos que se pueden generar de otra manera, pero ya no explotando carbón, sino en industrias verdes y energías renovables”.
¿Qué deberían hacer los medios?
“Necesitamos una campaña de comunicación seria, fuerte, bien informada, honesta, entendible por la gente. Deberíamos estar escuchando este tema todos los días para que la gente medite y se informe bien, porque hay un montón de información accesible. Así las personas pueden empezar a cambiar. Primero, en su comportamiento de consumo y segundo, exigiendo cambios en sus gobiernos, en su área, estado, en el país en el que viven. Mucha gente no va a hacer nada pero otras sí”.
¿Cómo podemos transformar nuestro comportamiento de consumo?
“Necesitamos actuar como consumidores inteligentes, informados. Si sabemos que un producto tiene una serie de impactos ambientales no comprarlo. Las industrias viven de vender y si las personas rechazan lo que producen van a tener que cambiar y mejorar el producto. Tenemos que funcionar de manera inteligente. El consumo, que es lo que mueve a toda la industria y a la actividad económica, está en nuestras manos. Este poder solo va a ser efectivo en el momento en que la gente esté informada”.

¿Qué papel juegan los gobiernos en el ámbito mundial de esta problemática?
“Los gobiernos deben hacer campañas pero ellos también están manipulados por los grandes intereses económicos. En los Estados Unidos los congresistas reciben dinero para sus campañas de la industria petrolera, del carbón y de la agroindustria. Sucede algo similar aquí en México con la corrupción de los intereses personales. Como en México no hay reelección no trasciende, mientras que donde es posible la reelección es diferente. Esto es muy malévolo e inadecuado, muy desafortunado. La única manera de cambiar esto es con una sociedad educada e informada y los que tenemos la responsabilidad de generar el conocimiento y por el otro lado de transmitirlo, tenemos que hacer un esfuerzo muy grande para que esto le llegue a las personas”.
¿Cómo se enlaza La Estrategia Nacional sobre Biodiversidad con la Estrategia Nacional de Cambio Climático?
“Las dos estrategias están ligadas porque ambas tienen que ver con la conservación de los ecosistemas. La deforestación genera entre 15 y 17% de los gases de efecto invernadero a nivel mundial cada año. Esto se puede detener para llegar a deforestación cero. Es una decisión política clarísima que hay que tomar. La mayor parte de la transformación de los ecosistemas se realiza para la producción de alimentos y podríamos producirlos de manera más eficiente sin llegar al uso de tecnologías de altos insumos agrícolas, fertilizantes, pesticidas, herbicidas y grandes cantidades de agua. Además, este tipo de agricultura intensiva no es la que produce la mayor cantidad de los alimentos. La agricultura familiar produce alrededor del 80% de los alimentos que se consumen en el mundo. No lo digo yo, lo dice la Organización de la Agricultura de la Naciones Unidas. Esto es inimaginable, porque nos han hecho creer que la única manera de producir los requerimientos para las próximas generaciones es a través de la agricultura tecnificada. Estamos viviendo mitos que han sido empujados por el interés económico de consorcios empresariales internacionales”.
¿Se podrían modificar los procesos de la agroindustria?
“Eso se podría hacer, especialmente en países como México que además de tener una gran biodiversidad, por llamarla de algún modo natural y silvestre, es uno de los centros mundiales de domesticación de plantas. Hay 4 o 5 y México es uno de ellos. Y resulta que esa parte de la biodiversidad es la que nos alimenta. Todos los días nos nutrimos y reponemos corporalmente con biodiversidad, estamos hechos de biodiversidad. Es un concepto que no está en la mente de la gente. Si no tenemos los sistemas ecológicos que nos permiten tener esta alimentación, ¿de dónde la vamos a sacar?, ¿de las minas, del espacio exterior? La tenemos que sacar de la naturaleza, y si no la protegemos, nos estamos dando un tiro en el pie”.
¿La agricultura urbana puede ser una solución?
“Hay bonitos ejemplos de agricultura en los techos de las casas y en huertos familiares. En una ciudad como esta es cada vez más difícil porque hay más construcciones verticales lo cual está muy bien. La ciudad no está planeada para tener grandes jardines. Las grandes áreas verdes están en las zonas más ricas y desafortunadamente los que tienen mucho dinero les importa poco lo que va a pasar con la comida porque pueden comprarla donde sea. Es en el campo en donde se tiene que desarrollar esto. Lo que sucede es que las personas que viven en las ciudades están totalmente desconectadas de donde viene su alimentación. No se preguntan qué tiene que pasar para tener arroz y verduras en el plato. Piensan que eso sale de los estantes del supermercado. Estas son las distorsiones que tenemos que cambiar”.
¿Se puede detener la deforestación en México?
“La modificación de los sistemas ecológicos, su destrucción y deforestación es perfectamente controlable adoptando otras políticas de cómo debería generarse la producción de alimentos. Para eso hay conocimiento y en México no solo tenemos el recurso biológico y el recurso genético. Las plantas cultivadas no surgen de la nada, vienen de plantas silvestres que se van seleccionando a lo largo de miles de años y este es un trabajo que no se hace en dos meses o en tres años y tenemos a la gente que lo sigue haciendo. Los campesinos mexicanos siguen cultivando de manera tradicional y tienen el conocimiento de cómo mantener esa diversidad genética”.
¿Qué tanta valoración les damos a los campesinos?
“En ocasiones los consideramos las personas más ineficaces y flojas. Hay una gran desconexión y distorsión. Tenemos la desgracia de ser vecinos de este país donde están muchas de las grandes industrias que influyen sobre las políticas agrícolas de México. Esta situación es muy compleja, pero sí podemos hablar de hechos muy concretos como el efecto que diferentes consumos tienen sobre el ambiente y hacérselos ver a las personas”.
¿Qué papel juega la academia en este sentido?
“La comunidad académica se está empezando a dar cuenta de la importancia de comunicar estos temas. Es muy necesario también hablar con los políticos y darles las armas para tomar mejores decisiones. Para eso está CONABIO, esa es su función. Pero en una serie de cosas no nos pelan”.
¿Cómo en qué cuestiones no lo toman en cuenta?
“En cuestiones de riesgos de introducción de especies exóticas (invasoras) o de organismos genéticamente modificados o transgénicos y en acciones de restauración y conservación de áreas del país. Pero existen ejemplos de que si esta información se vuelve accesible, como toda la información de la CONABIO, la gente empieza a actuar”.
¿Nos puede dar un ejemplo de cómo se apropian las personas de la información?
“Un ejemplo muy claro es la reacción que existe a la protección de los manglares. Desde hace 15 años CONABIO está sacando monitoreos de gran detalle de todos los manglares de México. Si entras a la plataforma, uno lo puede ver hectárea por hectárea. No solo es decir que en Nayarit se perdieron manglares, sino exactamente dónde. Las personas empiezan a reaccionar y a exigir. No lo digo como un deseo de lo que podría pasar, esto ya es una realidad de la gente bien informada que toma la información en la que cree en sus manos y empieza a actuar, como se dice en México, con los pelos de la burra en la mano”.
¿Qué les recomienda a los jóvenes?
“Que se informen. Los invito a hacer una revolución, no de machetes y rifles sino una revolución de inteligencia, del uso de la información para exigir cambios de la realidad y de lo que no está ocurriendo para encarar esta problemática. Los que mejor pueden hacerlo son los jóvenes, ellos son los que más van a sufrir si estos cambios no ocurren, sus hijos y sus nietos. Los que ya vamos de salida a lo mejor sufriremos algunas cosas, pero los jóvenes tienen toda la vida por delante. Ya tienen una visión diferente, mucho más consciente de estos problemas. Necesitan tomar la bandera y exigir. Volverse ciudadanos informados que realmente actúan”.

¿Cuál ha sido el camino a seguir estos 25 años de la CONABIO?
“La reacción que ha habido de la sociedad a la información que está disponible en la CONABIO ha sido espléndida. La cantidad de usuarios que tenemos en la página web, es verdaderamente sorprendente, estamos hablando de 57 y 60 mil usuarios diarios. Diariamente las personas descargan información. Esto es muy alentador y es reflejo de que cuando hay información traducida, es decir, puesta de manera accesible, inteligible, atractiva, interesante, la gente la toma y la usa. Tenemos muchos programas de ciencia ciudadana como Naturalista y AverAves, que jalan mucha gente joven que les gusta la fotografía, la tecnología y la naturaleza. Están creciendo por miles los participantes y se están generando redes sociales que valoran lo que la naturaleza significa y consecuentemente sus defensores. Este es el camino”.
¿En qué proceso se encuentra México para cumplir las Metas de Biodiversidad de Aichi trazadas para el 2020?
“Vamos avanzando pero no se está haciendo lo que deberíamos. Existe un compromiso de México de llegar a deforestación cero para 2030, yo creo que lo podemos hacer más rápido y estamos trabajando en ello. CONABIO está colaborando con SEMARNAT (Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales) y con SAGARPA (Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación) para instrumentar el compromiso que se designó en la COP 21 realizada en Cancún. Nos comprometimos a que la frontera agrícola no se abriría sin el visto bueno de la SEMARNAT para que no afectase áreas de gran valor de biodiversidad. Lo importante aquí es como se instrumenta esto para que realmente funcione y no sea un margallate, como tantas cosas en México”.
¿De qué consta este sistema que va a proteger la frontera agrícola?
“Estamos generando un sistema de algoritmos que permiten contestarle rápidamente a un campesino que llega y pide un subsidio para abrir una zona agrícola si puede o no puede en función si afecta un área de alto valor biológico. Esto se dice fácil, pero requiere de todo un sistema de gran precisión, rapidez y confiabilidad. Nos va a llevar alrededor de un año producirlo, pero es viable. Es una plataforma informática basada en la información que CONABIO ha generado. Si no tuviéramos todo este trabajo gracias a estos 25 años de experiencia pensar en esto sería una locura total”.
En la Estrategia Nacional de Cambio Climático se identifican diferentes comunidades que son más vulnerables. En este sentido, ¿qué especies se encuentran en la mayor vulnerabilidad?
“Las especies endémicas, es decir, especies que solo existen en México son las vulnerables; en sistemas ecológicos muy específicos, de mucha diversidad biológica, lugares geográficamente muy constreñidos. El bosque de niebla es uno de ellos. Incluso también especies que sus poblaciones están en tal estado que las hacen muy vulnerables para la extinción porque se han reducido muy fuertemente. La vaquita marina es un ejemplo clarísimo de eso. No sé qué va a pasar con ella”.
Pero ahora acaban de firmar un acuerdo para la vaquita marina, ¿no?
“De firmas… alguien diría que el infierno está pavimentado de firmas”.
¿Y las otras especies?
“Para empezar no conocemos a todas las especies que se encuentran en México. Pero el conocimiento que tenemos ya nos permite avanzar muy claramente. En la página de CONABIO hay una nueva versión de las áreas de alta prioridad para la conservación basadas en todos estos criterios a una escala de un kilómetro cuadrado. Uno puede entrar y ver cuáles son y qué características tienen. No conocemos todo lo que deberíamos conocer pero conocemos mucho más del uso que se le puede dar a la información para hacer las cosas bien. La mejor medicina para esto es la sociedad bien informada”.
¿Qué puede hacer un ciudadano para enfrentar al cambio climático?
“La información tiene que ser apropiada por la sociedad porque son cosas que nos afectan a todos profundamente, no estamos hablando si las computadoras van a ser más caras o baratas; estamos hablando de la alimentación y del bienestar de la gente. Acaba de salir, por ejemplo, un estudio hecho por varias universidades, entre ellas la UNAM, UAM y Universidad del Valle de México, en el que demuestran que en la atmósfera de la Ciudad de México existen partículas, entre ellas polvo, y otras muy chiquitas que miden menos de 2.5 micras, tan pequeñitas que atraviesan las membranas de las células. Al respirarlas no se quedan atrapadas en los pulmones y se van directamente al torrente sanguíneo. Este grupo de investigadores está sugiriendo los efectos neurológicos en niños y jóvenes al respirar estas partículas que pueden producir una mayor susceptibilidad al Alzheimer. Otro estudio similar hecho en Los Ángeles sugiere que estas mismas partículas, en niños de origen latino, producen una mayor susceptibilidad a la diabetes porque afectan las células que producen insulina. ¿Si las personas no tienen esta información cómo van a exigir cambios serios en las emisiones de los vehículos? La gente vive un poco en Alicia en el País de las Maravillas cuando no tiene información”. (Por: Rosi Amerena/Sustentur)