Guiados por el último resplandor de la luna llena, avanzamos hacía nuestro primer encuentro con los flamencos. A las cuatro de la madrugada, la Reserva de la Biosfera Río Lagartos es la extensión de un sueño en tonos grises donde se dibujan líneas, cuerpos sin rostro, y a lo lejos, esferas suspendidas sobre el suelo. Emiten leves quejidos guturales que son arrastrados por el viento; ¿se acercan o se alejan?, no lo sé, ¿están a la derecha o a la izquierda?, no lo sé, solo queda esperar el amanecer para salir de la duda.

“Caminen agarrados de la cuerda”, fue la instrucción momentos antes de atravesar a oscuras un sendero entre el manglar para luego enterrar el primer paso en suelo pantanoso. Perturbadoramente suave, el fango se cuela entre los dedos, mientras el agua fría trepa hasta las rodillas, y más allá.

Nada que decir; el silencio es la norma. Me permito entonces oír la orquesta de pasos agujereando al agua. Pasos con cadencia, pasos que se atascan e inmediatamente reanudan la marcha, pasos resbaladizos, pasos que se hunden abruptamente con un ¡Plop!  El chapoteo resuena como letanía. La percepción del espacio cambia bajo los influjos de la luna y los pocos metros hacia la orilla parecen alejarse a cada paso; lo disfruto.

Experiencia al natural

Cruzamos. Desde hace una hora estamos parados en un punto dentro de las casi 60 mil hectáreas de la Reserva Río Lagartos en la Península de Yucatán. Aún no lo vemos, pero estamos rodeados de pequeñas lagunas, manglar y a lo lejos, miles de montículos de fango donde anida la próxima generación de flamencos.

Flamenco del Caribe. Foto: Vicente Ferreyra

Frente a nosotros, a unos 100 metros, se dibuja una línea ascendente de cuerpos de diferentes dimensiones. Algunos cuerpos se abrazan, otros llevan cuerpos más pequeños a cuesta, otros tantos reposan sus cabezas en el contrario. Somos una doble valla humana, expectante, pero adormilada por la espera y el silencio; semejante descarga de paz y oxígeno hacen bajar la guardia al más ansioso.

Ahora, los graznidos se multiplican, se acercan y mezclan con las voces de quienes las dirigen hacia nosotros y luego hacia un par de corrales. Apenas hay luz para ver, o mejor dicho escuchar el movimiento de las aves de un lado a otro; ya saben que estamos allí.  Las más grandes levantan vuelo regalándonos la primera imagen de sus alas a contraluz con el amanecer. La expectativa aumenta.

La actividad tiene el objetivo de recopilar datos sobre peso y tamaño de las aves.
Foto: Vicente Ferreyra

En domingo, despiertos sin una gota de cafeína, vemos pasar muy de cerca, a la razón alada que nos trajo hasta aquí: flamencos jóvenes de paso elegante cuyas alas aún están en transición hacia el rosa.

Llegó el momento de ser útiles

Enfilada en uno de los grupos de trabajo, recibo en brazos al primer flamenco. No sé cuál corazón late más, si el mío o el del “pequeño” que cargo en brazos mientras biólogos y expertos miden patas y plumas. Sujeto su cabeza con cuidado de no tapar dos pequeños hoyos cercanos al pico. ¿Lo estaré haciendo bien?, sí.

Colocan un anillo numerado en una de sus patas, luego meto dentro de una bolsa para conocer su peso: un kilo 200 gramos; no lo olvidaré.  Ya está listo para regresar a su espacio. Lo llevó hasta el borde del estero, libero su cuello y patas, luego me aseguro de que se sostenga por sí solo, despliega sus alas y avanza hacia el agua mirándonos de reojo. Le decimos adiós.

Flamencos juveniles en la Reserva de la Biosfera Río Lagartos. Foto: Vicente Ferreyra

La misma acción repite el resto de las personas convocadas por la Fundación Pedro y Elena Hernández, en apoyo a la meta grupal que permitió anillar 393 flamencos juveniles durante la vigésima actividad destinada a conservar la especie Phoenicopterus ruber.

Cuando el día se ilumina por completo revela rostros alegres, ropa salpicada de lodo y flamencos a la distancia, en su hábitat, donde tienen que estar.